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Traer el agua

Una de las tareas necesarias de la casa que primero había que hacer todos los días era traer el agua. En el buen tiempo, que es cuando se salía a coser a la calle, cuando se iba poniendo el sol, las chicas iban a por el agua a la fuente. Las amigas se llamaban para bajar juntas. Mi madre iba sobre todo con la Santos, la Amalia y la Julia. Solían bajar cada una con un cántaro y el trapo para hacer el rollo de la cabeza que soportaba el peso del cántaro. Si había obligación, podían bajar también una barrila. En el cántaro cabría una cántara aproximadamente.




La fuente de las personas se llamaba la fuente de abajo y quedaba debajo del pueblo, por debajo del camino de Terroba, en un terreno muy empinado que daba hacia el Urre y con mal camino. La fuente era un pilón que recogía el agua que escurría la roca, a modo de manantial, no muy abundante. El pilón era una concavidad excavada en la roca que se cerraba con una piedra grande de unos ochenta centímetros de altura y unos quince de anchura. Por la parte de la derecha estaba algo rebajada para que hiciera de sobradero. El agua sobrante iba por un cancilla al barranco. Para coger el agua había que meter el cántaro en el pilón algo ladeado para que el agua entrara por media boca. Cuando se llenaba, costaba sacarlo. Se dejaba escurrir fuera en una poyata mientras las demás iban llenando su cántaro. Luego cada cual se hacía su "rollo" con el trapo para ponérselo en la cabeza y sobre el rollo cada una se cargaba el cántaro. Y aquí estaba la habilidad, porque subían en fila la cuesta arriba con los cántaros en la cabeza, sin moverla y sin necesidad de agarrados con la mano, porque era mucha la destreza y la experiencia. Mientras tanto se podía ir hablando tranquilamente. No buscaban el camino más llano, sino que iban por la Picota. Cuanto mayor era la pendiente hacia arriba resultaba mejor el equilibrio. Mi madre no recuerda que se les cayera nunca el cántaro y se les rompiera. Esta costumbre de llevar el cántaro a la cabeza se ve que era la forma antigua y tradicional.
En los pueblos más adelantados, como Hornillos y San Román, llevaban los cántaros al costado. Todavía he podido ver esta costumbre en regiones primitivas africanas, como Benín, y en Sudamérica.




Los niños también colaboraban en la tarea de traer agua, sobre todo las barrilas y barriles en verano. Alguno que otro se hacía añicos. Mi madre cuenta que cuando el Epi y ella eran niños, los mandaron a por agua y, para jugar, a mi madre no se le ocurrió mejor idea que echar a rodar la barrila por la cuesta de la Picota y decide al Epi que la recogiera a la parte de abajo. No se rompió mientras bajó dando vueltas pero el Epi no logró alcanzarla y marchó directa al barranco. También los alfareros tenían derecho a vivir y no iba a durar una vasija de barro toda la vida. Se las compraban a Sergio de Torre en San Román. Por mi parte me acuerdo que, cuando de niño subía en el verano de agostero a casa de mi abuelo, ir a por el barril del agua era una tarea sacrosanta. Mi abuelo me decía que la cogiera de la parte izquierda de la fuente, que era más fría; yo me lo creía y, aunque estaba un poco más difícil de coger, porque quedaba más alto, siempre la llenaba de esa parte y mi abuelo me lo alababa cuando se echaba en la era un trago de agua recién subida.

En invierno ayudaban los hombres a traer el agua con las caballerías. Para eso le ponían al macho o a la mula las "anganillas" sobre la salma. Las "anganillas" antiguas eran de mimbre basta y las hacía el en San Román. Eran a modo de alforjas, con dos huecos a cada lado para poner en cada uno un cántaro. Después se introdujeron anganillas de hierro, que las hacían los herreros de San Román. Las anganillas se usaban sobre todo en la época de la colleta.

Con el agua que se traía se llenaban las tinajas de casa y se dejaban los cántaros llenos. La de la tinaja se empleaba para lavarse, para fregar y para los cochinos. Las personas bebían de la de los cántaros.